Les voy a contar una anécdota del fin de semana. Nos fuimos a festejar el cumpleaños de un amigo a un hotel todo incluido.
En la noche, estábamos listos para cenar, pero todos los restaurantes del hotel tenían lista de espera o estaban reservados, excepto el buffet general. Hicimos un último intento en el restaurante italiano. Al llegar, no había muchas mesas ocupadas, y como era nuestra última opción, la novia de un amigo se aventuró a decir que teníamos reserva. El capitán buscó la supuesta reserva y, como era de esperarse, no la encontró.
Ella, en lugar de recular, se tomó el papel muy en serio y armó un alboroto para conseguirnos una mesa para ocho personas (éramos 25, pero supongo que lo hizo para no escalar tanto el problema). Ahí estábamos: yo, «La Ley», mi amigo y su novia. Para quienes no me conocen, odio estas situaciones. Salí de la recepción para esperar afuera y evitar presenciar el drama que se armó por un problema que no existía.
Al final, funcionó y nos dieron la mesa. «La Ley» me avisó y entré al restaurante. El mesero que nos atendió no lo hizo con la mejor actitud, algo que atribuí al conflicto que habíamos provocado para entrar. En la mesa, comenté que no estaba conforme con lo ocurrido y que no me gustaba que las cosas se resolvieran así.
Cenamos, y ahí quedó. Me di cuenta de que el restaurante no estaba limitado por el número de mesas —nunca se llenó—, sino por un número finito de servicios que podían ofrecer. A pesar de todo, la cena estuvo deliciosa y la disfruté.
Y ahora, viene el verdadero tema: el problema con nuestra sociedad está reflejado en esta anécdota. Aprovechamos situaciones porque podemos y, peor aún, a menudo disfrutamos de esos beneficios aunque no hayamos sido directamente responsables de la «tranza». ¿Cómo podemos quejarnos del gobierno y de la sociedad si, cuando tenemos oportunidad de aprovecharnos, lo hacemos sin dudar?
Quizá una reserva en un restaurante sea una tontería, pero ¿cuántas personas no pudieron cenar ahí porque les dijeron que estaba lleno? Y peor aún, ¿qué hay de mí? ¿De qué sirve quejarme y estar inconforme si igual me senté a cenar?
Si no somos capaces de respetar normas sociales básicas, ¿cómo aspiramos a algo más? Escribo esto no para darme golpes de pecho, sino para reflexionar y, ojalá, aprender de mis errores. Quizá en el futuro este recordatorio me ayude a tomar una postura más firme y no solo criticar desde la comodidad de mi incongruencia.
No nos quejemos del mundo como si fuéramos meros espectadores. Y si la cagamos, porque todos la cagamos, hagamos un verdadero autoanálisis y busquemos mejorar. No se trata de victimizarnos ni de justificar nuestras acciones, sino de aceptar nuestras fallas y trabajar en ellas.
Fin.
